Hebreos

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Carta a los Hebreos

Este tratado tiene una gran fuerza retórica en su admonición a los fieles que peregrinan siguiendo el liderazgo de Cristo. Ya en el siglo II, llevaba el título “A los hebreos”, porque se asumía que iba dirigida a los cristianos judíos. Aunque no se menciona ningún autor (porque no hay saludo), una referencia a Timoteo (13:23) sugeriría conexiones con el círculo de Pablo y sus colaboradores. Con todo, la audiencia exacta, el autor, e incluso el género de Hebreos como carta, se han disputado extensivamente.

El autor llama a esta obra un “mensaje de aliento” (13:22), una designación que se le da a un sermón en la sinagoga en Hch 13:15. Hebreos probablemente sea, por tanto, una homilía escrita a la que el autor le presta un final a manera de epístola (13:22-25).

Para el final del siglo II, la iglesia de Alejandría en Egipto aceptaba Hebreos como carta de Pablo, y esto se convirtió en convicción común en el este. La autoría paulina fue discutida en el occidente hasta el siglo IV, pero más tarde tuvo una aceptación general. En el siglo XVI de nuevo surgieron dudas sobre esa posición. La opinión actual, debida a las significativas diferencias de estilo y tema con las cartas paulinas, es que la carta no fue escrita por Pablo. No existe, sin embargo, un acuerdo amplio acerca de cualquier otro autor sugerido, como por ejemplo Bernabé, Apolo, o Prisc(il)a y Aquila. El documento en sí mismo no contiene ninguna aseveración sobre su autoría.

Como la carta de Clemente de Roma a los Corintios, escrita alrededor de 96 A. D., muy probablemente cita Hebreos, es razonable creer que Hebreos se escribió con anterioridad. Algunos expertos mantienen que el autor escribía antes de la destrucción del templo de Jerusalén en 70 A. D., ya que la carta habla en tiempo presente del culto sacrificial, pero esto podría ser simplemente un recurso literario. Otros observan que el interés del autor no está en el templo como tal, sino en el contraste entre los sacrificios repetidos del Antiguo Testamento y el nuevo e irrepetible sacrificio de Jesús. En tal caso, las persecuciones que habría sufrido la audiencia en el pasado (Heb 10:32-34) podrían representar persecuciones esporádicas de los cristianos bajo el emperador Domiciano (81-96 A. D.).

El lenguaje de Hebreos es el de un hábil escritor y orador cuyo sofisticado estilo griego se encuentra entre los mejores del Nuevo Testamento. El conocimiento del autor sobre el Antiguo Testamento y la tradición judía y cristiana es igualmente impresionante. El tema principal del autor —el sacerdocio y sacrificio de Jesús (3-10) se apoya en la exaltación de Jesús como superior a toda la creación, incluyendo a los ángeles (1-2) y Moisés (3-4) y, además, exalta a Jesús como sumo sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (5-7). El tema se desarrolla como medio de restablecer el disminuido fervor de los lectores de la carta y fortalecerlos en su fe. Hebreos 11 comienza con una definición clásica de la fe cristiana “el fundamento de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve” y nombra una serie de héroes de la fe del Antiguo Testamento como ejemplos para la imitación contemporánea. Otro tema importante de la carta es el de la peregrinación del pueblo de Dios hacia la Jerusalén celestial (11:10; 12:1-3, 18-29; 13-14). Este tema está íntimamente conectado al del ministerio de Jesús en el santuario celestial (9:11—10:22). En su exaltación de Jesús y su obra salvífica, hebreos lo contrasta con aspectos claves del judaísmo del que provenía. La Jerusalén terrenal y su Templo con “copia y sombra” (8:5) del santuario celestial de Jerusalén (ver también 9:1-10). La ley antigua es “inútil” (7:19) y “obsoleta” (8:13) a la luz de la nueva alianza. Algunas figuras significativas del Antiguo Testamento, como Moisés (3:5), en toda su justicia, no alcanzan la medida de Jesús. Estos y otros textos de Hebreos a menudo eran citados por comentaristas posteriores para apoyar la teología de supercesión, es decir, la idea de que la Iglesia ha reemplazado al pueblo judío como pueblo elegido de Dios. Pero Hebreos y otros libros del Nuevo Testamento de hecho consideran la nueva alianza como la expansión y renovación de la relación de alianza de Dios con Israel para incluir a creyentes en Jesús tanto judíos como gentiles. Los cristianos deben recordar que los dones de Dios y la llamada al pueblo judíos son irrevocables (Rom 11:29; cfr. Nostra Aetate, n. 4).


Las divisiones principales de la Carta a los hebreos son las siguientes:

  1. I. Prólogo (1:1-4)
  2. II. El Hijo, exaltado y encarnado (1:5—2:18)
  3. III. Escucha de la voz de Dios (3:1—4:13)
  4. IV. Sacerdocio y sacrificio eterno de Jesús (4:14—10:18)
  5. V. Perseverancia y disciplina (10:19—12:29)
  6. VI. Exhortación final, bendición y saludos (13:1-25)

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